UN POCO DE HISTORIA

Aunque fue una de las primeras islas en colonizarse dicen que nuestro primer viñedo no se plantó hasta más de un siglo después, precisamente en el año 1526 y, además, por un inglés de Taunton. Este John Hill, así se llamaba, aparece cincuenta años más tarde encarcelado por la Inquisición por gamberradas, probablemente bajo la influencia del producto de su plantación. ¿O este fue su hijo? Sea como sea, al menos su amor por la viña y el vino lo hemos heredado, además de dedicarle un promontorio – la Punta Juanil.

Poco a poco el vino llegó a ser fundamental a la economía y al crecimiento de la población. A mediados del siglo 17 la producción de vino alcanzaba 1.200 pipas, lo que equivale a unos 60.000 litros, y ya estábamos exportando excedentes de vino y aguardientes al Nuevo Mundo. En la primera mitad del siglo 19 nuestras bodegas estaban produciendo el casi increíble volumen de entre un millón y medio y dos millones de litros cada año, la mitad para destilar. Se embarcaba para Tenerife una buena parte de este vino y aguardiente desde la Casa de Aduanas, hoy el hotel más pequeño del mundo, en Las Puntas, en la parte más oriental del Golfo.

El año 1852 fue año fatídico. Una enfermedad, el oídio, causada por un hongo proveniente de América atacó nuestras viñas por primera vez. El año siguiente había infectado la mayoría de los viñedos y en 1859 nuestra producción total de vino había caído a apenas 3.000 litros. Unos pocos años más tarde otra enfermedad americana, el mildiu, la tercera, nos llegó, también con consecuencias desastrosas. Pero no todo lo malo nos toca: la segunda plaga del otro lado del charco, la filoxera, que en esta misma época destruyó los viñedos europeos, nunca ha llegado a las Islas Canarias. Por esto, nuestra isla es una especie de conservatorio botánico. Hasta ahora hemos seguido cultivando unas variedades originarias prefiloxeras que poco a poco han seguido una evolución algo diferente a sus primas de las otras islas y mucho más de la de sus primas segundas de la península ibérica.

Pero los herreños somos tercos. Si estos desastres pusieron fin los negocios vinícolas de los grandes propietarios, el pueblo simplemente reubicó la producción como actividad casera. Prueba de ello es el gran número de lagares particulares y comunales en todos los pueblos. Por otra parte, rara era la casa que no tenía su propia “pedazo” de viña, su bodega o al menos su barrica. Con el tiempo, surgieron nuevas bodegas exportadoras, principalmente para La Gomera, Tenerife y Gran Canaria, aunque nunca se recobró el gran renombre y enorme peso económico de la primera mitad del siglo anterior.

En 1986 se puso en marcha la Central Vinícola Insular y en 1994 la Denominación de Origen de Vinos de El Hierro. Estos dos hechos significaron un cambio en la orientación del sector vinícola en nuestra isla hacia vinos de mayor calidad y más acordes a los gustos modernos. Hoy nuestros caldos encuentran adeptos allí donde los llevamos.

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